Noches jugando a la Game Boy, con la luz de una farola que entraba por la ventana para evitar que mis padres se dieran cuenta de que no estaba dormido. Mientras tanto, yo ahí, creyéndome Solid Snake, intentando no hacer ruido cada vez que pulsaba un botón como si eso fuera a delatarme.
Luego estaba el ritual de cada día: soplar cartuchos a pleno pulmón para que la consola los leyera. ¿Base científica? Ninguna. ¿Funcionaba? A veces. ¿Lo seguiría haciendo hoy? Sin duda.
El código no lo es todo. También me gusta trabajar la madera, montar muebles y acabar con las manos como si hubiera desbloqueado un logro secreto: «Herzio, El azote de FJÄLLBO». Porque sí, montar una estantería sin liarla tiene más tensión que muchos bosses.
Mi setup, un reflejo de mí: Deadpool y Wolverine vigilando desde la estantería, BaityBait en el segundo monitor quejándose de Ubisoft y EA mientras trabajo o trasteo. Es mi refugio: un poco caótico, bastante friki y 100% yo. El típico sitio donde entras cinco minutos… y sales tres horas después sin saber muy bien qué ha pasado.
Todo jugador sabe que sin un buen Player 2 la partida se complica. En mi caso, es quien comparte las buenas tardes, las partidas, los juegos de mesa donde nadie hace trampas (claro que sí) y esas misiones secundarias imprescindibles como ir al Xanadú a por un bubble tea, que ya no es opcional: es parte del lore.
Pero esto no va solo de un Player 2. Va de toda esa gente que sigue aquí, inexplicablemente, aguantando mis ideas de bombero y acompañándome aunque claramente no haya plan. Sin ellos… no es que la historia estuviera mal. Es que ni siquiera habría pasado del tutorial.